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Archivos Mensuales: diciembre 2011

Aún recuerdas aquella noche,

latiendo entre el frío y el sueño.

 

El vaho de tu respiración

y las pisadas en el asfalto.

 

Todos reían y se gritaban desde lejos,

olvidando hasta sus nombres,

y tú no eras capaz

ni tan siquiera

de arañar algo de valor a tus labios,

de sentirte algo más fuerte

y arrastrabas tu decepción silenciosa

sobre los charcos.

 

Recuerdas cómo la noche los devoraba.

 

Ellos adoraban el vértigo y el ruido,

las luces amarillas en la calle vacía,

el crujido de los cristales,

y tú en cambio

preferiste la lluvia.

 

Siempre fue más contigo:

su caída silenciosa,

la prisa por perderse de vista,

doblar la esquina

y actuar como si nada existiese,

como si tú no existieses, y a cada segundo

fuese un poco más invierno.

 

Aún recuerdas aquella noche,

llegar a casa y no pensar,

a cualquier precio tratar

de no pensar,

y meterte en la cama deprisa,

y aquella decepción silenciosa,

silenciosa y embarrada,

como un perro mojado,

durmiendo a tus pies.

Mañana

ahuyentaré el pánico en trenes que corren

llenos de soledad y de noche,

perfeccionaré

toda clase de decepciones

para no quedar desprevenida.

Te pediré una derrota,

que aprendas a necesitarme a oscuras,

a quererme de vuelta a tiempo,

a no esperar de mí

nada que no pueda contener un poema.

Llevo un poco de frío en el pie derecho

y restos del maquillaje de anoche

para no pedir perdón por las molestias

y mostrarme valiente

cuando las ventanas se conviertan en espejos.

Podría haber dejado de ser yo,

pero nadie me lo pidió de la manera adecuada,

y ahora ya no estoy dispuesta

a dejarme caer tan fácilmente.

 

Hoy he comprobado que la lluvia

puede ser mejor compañera de cama

que tus manos

y me permitiré por una vez

perder el control sin excusas,

escribir sin remite,

pensar en ti sin dar explicaciones.

Te envío mi silencio

y mis ganas de abrazarte,

todo al mismo tiempo,

pero sin una palabra que pueda

devolverte la vida,

o que puedas hacer tuya ante la duda.

Llevo restos de ciudad bajo los ojos

y un beso dormido en la boca

para estremecerme

al contacto con la noche,

y sobrevivir a cada regreso.

Podría haber despertado en un día

más extraño aún que éste,

pero el invierno había invadido la estación.

 

Es la promesa que me hice a tu espalda.

 

Es el rastro que cada lunes por la mañana

dejo para resistir.

Me apetece la incertidumbre

de la cama deshecha,

de la suerte ya echada,

de encontrarte dispuesto.

Me apetece la incertidumbre

de tus manos ardiendo,

del reloj incansable,

de mi voz en pedazos.

Y hoy,

ser yo como nunca,

y regresar, como siempre.

Me apetece la incertidumbre

de jugarse la vida,

de detener el tráfico,

de la casa vacía.

Me apetece la incertidumbre

de cada domingo,

de ventanas y lluvia,

de llamar a la puerta.

Y después,

a la noche vuelve el silencio,

y yo en silencio

a la almohada desierta.