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Tantos y tantos días bajo un mismo paraguas.

 

Puedo sentir la herida de tus tacones,

oírte cortar el viento con tu risa

o el alcohol con tus sollozos,

escuchar de tu boca esas palabras duras

que arañan el cristal y el pensamiento,

y verte sostener el cielo sin temblar

con tus manos de pianista.

 

Puedo beber a morro de tu mirada

la savia amarga del desencanto,

verte enjaular la esperanza,

besar el polvo seco de la frustración

y cogerte de la mano y levantarte.

Puedes crispar los puños,

pero nunca te sientas débil.

 

Yo sé que clavarás algún día

las uñas en la yugular del dolor.

La vida te dio la fragilidad

y la determinación,

el veneno y la dulzura.

 

Mírate,

eres la reina de la autopista,

entre escaparates y rascacielos.

No hay quien pueda vencer

tus sueños, ni nadie que no quisiera

llevarte algún día las maletas.

Nadie que no estuviera dispuesto

a esperarte.

 

Esperarte hasta que pasen todos los coches

por encima de las luces y los charcos.

Hasta que no queden farolas

ardiendo como cerillas

sobre el asfalto.

Siete

Y de repente, ya no estaba.

 

La muerte tocándote en el hombro;

las luces, las voces, el aire,

difuminándose a lo lejos.

El tiempo que dejaba de latir.

 

Sin un instante para saludar

por última vez,

mordiste el polvo rojizo,

tu mirada hecha cristales.

 

Luego, las luces color naranja,

las huellas a tu alrededor,

rostros pálidos, sensación de ingravidez

en un mundo donde tú ya no estabas.

 

Al final, resignada,

una bolsa de plástico

cubrió tu sueño de dióxido

y te cerró los ojos una mano extraña

que temblaba.

 

Incluso al destino le cogió por sorpresa.

Siete días, y todavía una cruz marcada.

 

Una cruz en tierra, sin despedidas;

un párpado de sueño oscilante.

Pájaros

Por los días de sol, y las persianas siempre subidas.

 

Los días de sol suelo verla reír

y esconder sin éxito ese estallido entre las manos.

Un segundo basta

para hacerla decrecer diez años,

hasta el punto de que sus ojos,

que se dejan pintar de luz en esos días,

desafían pícaros al silencio

y desdoblan las esquinas de mi propia risa.

 

Al final siempre deja escapar

la carcajada entre los dedos,

y es como si echaran a volar

cientos de pájaros hacia el final del verano:

los sigues con la mirada,

hasta que se diluyen en el aire,

y luego te queda, como cuando deja de llover,

una nube húmeda y suave dentro.

 

Ojalá que el otoño nunca llegue.

Para la que me pide optimismo, la que me amenaza para que esté feliz todo el rato, y la que me recuerda que hace falta ser tonta para no sonreír siempre (:

 

Imposible es eso

que se escribe con tinta de silencio

y se lee todos los días

en voz muy baja,

eso que los trenes llevan

de un sitio para otro cada instante.

 

Imposible es que te atrape

una lluvia de besos

de su mano y sin paraguas,

y que no tengas tiempo de pensar,

ni de escaparte, y te encuentres

empapada en tres minutos

y sin ganas de secarte nunca más.

 

Imposible es luchar

y que al mismo tiempo no duela,

pertenecer a alguien,

hacer del tiempo un puñado de engranajes,

que nunca te falte aliento

para dar en un suspiro,

que en mis ojos permanezcan

para siempre tus huellas.

 

Imposible es

subir y subir sin jamás estrellarse,

imposible es tocar el cielo,

porque el cielo nunca termina

y sólo sirve para soñar con alcanzarlo

para mirar hacia abajo y ver las estrellas.

 

Pero imagina que el tiempo

sí fueran manecillas y engranajes,

y que nunca te faltara aliento

para enredarlo en un suspiro.

Imagínate en la azotea del cielo,

mira cómo las estrellas bailan.

 

Ya dispuestos a imaginar,

pongamos que no existe el imposible,

porque así mis ojos no olvidarán tus huellas,

y podremos subir sin llegar a estrellarnos.

No, sólo existen los imposibles

cuando guardamos los sueños

en sobres cerrados para no volver a abrirlos.

 

Porque imposible nunca se pinta

de azul, y yo

quiero hacer cielo todas las cosas.

Los sueños fáciles de soñar,

de esos que escondes bajo la almohada,

suelen tener el contorno de las nubes rotas,

traen tentación a besar su piel suave,

y después, sabor amargo a imposible.

 

Ella es de las que lo persigue

todas las tardes, en cualquier jardín

que todavía conserve algo de verano

entre sus hojas, o donde el otoño dorado

todavía no haya acabado de palidecer.

 

Un buen lugar para esconder los sueños.

 

Va tirando de los minutos con sigilo

hasta llegar al pie del árbol más alto

y aparta con cuidado hojas, viento,

recuerdos de otros sueños que se secaron,

hasta sacar ese por el que vive ahora.

 

Luego recorre el jardín entero con él en las manos,

posa de rama en rama sus ojos de otoño,

que conocen la forma, el tacto de las ilusiones

y a veces se para y suspira muy despacio

y el viento besa esos labios que saben a imposible.

 

Traza curvas con sus dedos sobre la decepción,

aprendiendo de memoria su tacto, sus cicatrices,

hasta que cae la noche y el jardín se vuelve azul.

Es el momento de esconder los sueños hasta mañana,

de besar la piel dura de la realidad.

 

Pero ella no es de las que abandona fácilmente.

Siempre coge un trocito del sueño en forma de lágrima,

y lo mete en un bolsillo del invierno de su corazón.

Es tan sólo un gesto cobarde.

Tan sólo una excusa idiota.

Azul

Ya sabes que es para ti y por qué (:

 

Fue el día que recogí mis cosas

y bajé las escaleras de dos en dos:

tu sonrisa y tú ya me esperabais

abajo, en el Ford azul.

 

Llevabas gafas de sol de montura dorada

y algo de luz enredada en el pelo.

Preguntaste que llevaba, lo recuerdo,

yo te dije que tan sólo algunas fotos

y una maleta llena de canciones.

Entonces soltaste tu risa azul y brillante,

como si fueran pájaros robados,

y dijiste que podía subir al coche

sin limpiar la arena de mis zapatos.

 

Encendiste la radio, después el motor,

y las primeras canciones salieron

a toda velocidad por las ventanillas.

No se habían sentido tan vivas

desde la última vez que tú estabas.

 

Pregunté – ¿A dónde vamos?

Y me miraste desde tus grandes gafas oscuras.

Detrás, tus ojos sonreían.

- A dónde la carretera quiera llevarnos,

hasta la frontera entre sueño y desvelo.

 

Porque en los viajes de verdad

de esos con extra de sol y carretera,

con luces de ciudades ya a punto de apagarse,

con calles llenas de huellas y de charcos,

destino significa final.

 

Fue fácil volver a arrugar todas las playas

que pisábamos, no se me había olvidado todavía

eso de dibujar lo sueños en la arena

trazando profundos surcos y mojándonos los pies.

 

Empañamos los cristales con versos,

o al contrario, los escribimos sobre el vaho

y esperamos a que se borraran

y se guardaran así para siempre en el tiempo,

y fueran así nuestro tiempo y nuestros versos.

 

Vimos pasar ciudades, amaneceres,

kilómetros y kilómetros de postes de luz

unidos por cables donde colgaban pájaros,

y todos y cada uno de los colores del sol.

Nos emborrachamos de madrugada, como solíamos,

rompimos los paraguas para hacernos amigas de la lluvia,

cazamos todas las estrellas antes de que amaneciera.

 

 

Y sobre todo, por fin construimos el rompeolas

y dejamos un trocito en cada sitio que estuvimos.

 

En él quedaron aparcados las postales y los sueños,

las lágrimas saladas de la despedida

guardadas el bolsillo de un abrigo viejo,

los acordes de todas las canciones

en papel color crepúsculo

y algo de arena, toda arrugada.

 

En el rompeolas, todo aparcado

en la guantera del Ford azul.

En días como estos,

llenos de viento azul, de verde,

una niña aprendió a abrazar

todos tus abrigos.

 

Olvidó como echarte de menos.

No volvió a escribir de ti.

 

Se escondía de tu mano

de la luz de las farolas, riendo.

 

No buscará a nadie.

Ella tampoco sabe ser feliz.

 

Respiraba de tu boca y

jugaba a morderte en los labios.

 

Sabe que es absurdo, como contigo

y que no sabría hacerlo.

 

Su aliento en tu cuello.

Sus manos en tu espalda.

 

No es de las que lo hace

perfecto sin quererlo.

 

Tus dedos se deslizaban

cuesta abajo por su ombligo.

 

Pero si pudiera alcanzarlo,

se lo guardaría en el bolsillo.

 

Guardaste su corazón

a salvo de la lluvia en el tuyo.

 

Y cuando llegara él haría un lazo

que no los separara nunca.

 

El tuyo no llegó. Ella lo dejó

cerca, y fue mojándose con el tiempo.

 

Tendría forma de nube

y color crepúsculo.

 

El día que se fue, con el corazón

bajo el brazo, comenzó a viajar.

 

Sería cálido y emitiría

una luz rara. Como de estrella,

o de farola. Tenue.

 

Ojalá te hubiera querido.

 

Sería hermoso.

Tendidos al sol..

Fotografía: Tendidos al sol – Jorge Ayllón García

Por que vengas.

Cuando vengas, por fin,

nos sentaremos a ver cambiar

los semáforos

y hablaremos de todas las cosas

que existen

en esta ciudad donde

sólo quedan la arena

y la lluvia.

 

Recorreremos todas las avenidas

rotas, los puentes derruidos,

iremos a cazar los sueños

que habitan entre los escombros,

reiremos entre el césped,

pintaremos horas en el cielo,

escribiremos en él versos azules

que no se vean desde aquí.

 

Cuando vengas, por fin,

haremos una playa

y la llenaremos de arrugas y canciones

de esas que sólo se te ocurren

una vez, y nunca a ti,

y caminaremos muy despacio

sobre las pistas de aterrizaje

mientras a los lados caen las estrellas,

fugaces.

Colgado al suelo, simplemente manteniendo un rumbo inerte…

 

No hay nada que hacer

aparte de ver cómo pasan

las nubes del techo.

 

Por allí van las gastadas ilusiones.

Allí, los planos que trazamos.

 

No hay nada que hacer.

Fuera llueve y las aceras

cuelgan mojadas del tendedero.

 

Perdí la cuenta de los charcos pisados.

Incluso la autopista se deshace.

 

No hay nada que hacer.

No se puede salir, ni tampoco

quedarse en casa con este tiempo.

 

En qué lugar se podrá mirar al cielo

y verlo azul, y que haya alguien conmigo.

 

Habrá que resignarse.

Imposible no mojarse

cuando llueve en todos lados.

El viaje

Es difícil hablar de libertad. En cuanto acercas el lápiz al papel siempre se echan encima las palabras que dijeron otros: todos los pájaros con sus alas, el viento, el mar, las tormentas. Cuanto más lo acercas, más difícil. Porque puede ser que todo eso sepa un poco a libertad, tímidamente en la punta de la lengua, pero a la vez sabe a viejo, sabe a cansado, a polvo y a tierra seca.

 

Para hablar de libertad, primero hay que sentirse libre. La libertad no sueña. Sólo vive.

 

Así que ve, deserta del ruido y se capaz de subirte a un coche y marcharte lejos de la ciudad. Pero para ser verdaderamente libre, no has de dirigirte a ningún lugar. Viaja. En el más puro sentido de la palabra. Sin llegar.

 

Una vez pierdas de vista la ciudad, baja las ventanillas. Todas. Deja que juegue con tu pelo el viento de verdad, el que no vive preso entre calles, el que suena como la armónica de Dylan, el impredecible, al que nadie puede atar. El que vive sin pensar en nada más, el que sonríe incluso.

Luego sólo queda mirar directamente al sol. Puede costar al principio pero debes acostumbrarte. Cuando seas capaz de mirarlo ya no podrás dejar de hacerlo nunca más. Y mirar al sol significa no perder ni un instante de cada segundo que él te esté mirando a ti. Ya verás, no es difícil.

 

Ahora, el punto final. El más difícil y el más extraño, pero sobre todo el más importante:

Sonreír.

Y sonreír quiere decir estando sólo o rodeado de gente, de día o de noche, dormida o despierta, por fuera… o por dentro. Qué más da. Sólo sonríe. No necesitas motivos para hacerlo. Es… como respirar. Ríes como respiras, no por costumbre como creen algunos, sino por necesidad. Mientras vas en el coche seguro que te entran ganas de prestarle algo de aire al viento, de ser viento tú también. Para eso ríe. No hace falta más.

 

¿No sabe todo esto a verdadera libertad?

Wouldn’t it be lovely?

Pongamos que estoy triste,

por ejemplo,

y que me duermo en el sofá

pasando frío,

pongamos que está oscuro

y fuera llueve,

llueve y mucho,

tanto

que incluso moja por dentro.

Pongamos que hay farolas encendidas

todavía,

que no hay coches

que el semáforo está en verde,

porque es tarde.

Imagina que hay un parque,

que hay un charco

y una estrella en el fondo.

 

Imagíname descalza en la ventana,

acariciando el cristal frío

con mis dedos.

Imagina que está oscuro

y estoy triste

sin motivo,

esperando algo que no existe,

sin poder conciliar el sueño.

Sé lo que piensas…

qué escena absurda,

tan al norte y tan perdida,

cuánta soledad desperdiciada,

tanto gris y tanta lluvia

sobre tus hombros.

Coge los abrazos viejos.

El abrigo mojado.

 

Pero pongamos que ahora llegas,

de repente,

y llevas mis dedos fríos

al sur cálido de tus labios,

y ya no importa la tristeza,

ni la estrella está en el charco.

Después limpiarías la lluvia

y el gris de mis hombros,

y pondrías tu abrigo

y tu olor sobre ellos.

Dime, si fuera de verdad,

si no sería

maravilloso.

Amelie

Amelie despertó a las nueve

al contacto de la luz trasnochada

que vestía las calles de París.

De camino a la estación

contó los adoquines.

Era domingo y Amelie,

que no sabía llorar ni despedirse,

casi se cayó al tropezar con su mirada.

 

Lo buscó en la orilla del Sena,

en el reverso de las fotografías

y entre las manos que dormían

en la barra del café.

Pero él no la oyó tras en cristal,

ni en el andén de la estación.

Ni aun queriendo oírla halló

el silencio de sus ojos en la acera.

 

Amelie enmudecía de amor,

huía de él para esperarle más lejos,

era la niña tímida en el puente grande,

la de la mirada perdida y silenciosa.

Pero un día en el umbral de su puerta

desnudaron el silencio de los ojos de Amelie.

Ya nadie escucha tras los cristales

y al estallar sus risas, tiembla París.

Amelie

 

Fotografía: Amélie – Jorge Ayllón García

Nada

Voy dibujando mi olvido

en silencio, como si nada,

mientras me alejo.

Llevo los bolsillos vacíos de ti,

y un calcetín donde solían estar

los sueños de los que tenías la culpa.

Fuiste tú y tus palabras, o tal vez yo

y mis dibujos de nada,

mis trocitos de otoño

o este noviembre

que se acaba mientras me alejo

dibujándote en mi olvido despacio,

en mis bolsillos llenos de silencio,

en mis papeles pintados de nada.

 

 

Prometo estar bien,

solo déjame intentarlo,

piérdete en el ruido y no me mires

con tus ojos color noche.

Me voy y no quiero volver nunca,

pero tampoco llegar sin decirte

algo más que nada, sólo

que estaré bien cuando acabe la noche.
Después buscaré la lluvia en tus ojos

de canción de 1999,

me abrazaré la cintura del ruido

y que me lleve de vuelta a la cama

y que cierre mis ojos de olvido, de silencio.

noches de lumbre..

Fotografía: Noches de lumbre – Jorge Ayllón García

Si te vas

Si te vas

no me pidas que recuerde

qué hemos sido,

no me digas

que lo guarde en mi burbuja,

no permitas que te olvide

sin decir

que me encontraste.

 

No me pidas que amanezca

hasta mañana,

si te vas,

no me mires

cuando estés a punto de llegar,

no escribas mi nombre con tristeza

la próxima vez.

 

Si te vas,

supongo que diré

que estaré bien,

y que será verdad,

pero sólo a medias.

Supongo que preguntaré por qué

conociendo la respuesta

una y otra vez.

 

Si te vas

no será el fin,

ni el principio, sólo

un tiempo detenido por un tiempo,

no será la última vez

ni la primera,

ni perderás ese rincón

que te dejé.

Adiós

Me voy,

sin esperar

que me pidas que me quede,

sin soñar

que me sigues,

sabiendo

que no correrás

para alcanzarme.

 

Me voy,

y ni siquiera miro atrás

queriendo ver como te sientas

a esperarme.

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