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A los ausentes. Todos.

 

Para ahuyentar la nostalgia,

Ella y yo hablábamos de aeropuertos.

 

Yo le contaba que aquel día

Arrastré los pies por el suelo de mármol

De la terminal de vuelos internacionales.

 

Nunca oscurece en esos aeropuertos,

La noche sólo viaja en equipajes.

 

Me decía que ya no recuerda muchos de los nombres

Que escribió en las ventanillas del avión.

Otros, parecían imborrables.

 

No era uno de esos sueños apacibles

En los que jamás se aterriza del todo.

 

Le expliqué que regresamos a medias

Con menos equipaje, con más llanto,

Con más tiempo que perder en adelante.

 

No conté las lágrimas en la puerta de embarque.

El dolor no se deja recordar tan fácilmente.

A Victoria.

 

No sé hacerle reír cuando está triste,

Se me escapan con el viento

Las palabras que diría,

La manera de preguntarle por qué.

 

Cuando ella no sonríe la ciudad parece triste,

Incluso lo parecen las calles que le gustan.

No hay nada más amargo que una acera desnuda,

Nada peor que un edificio hueco.

 

Quizás te conozca mejor cuando callas.

Tal vez no te conozca siquiera.

 

Ella aprendió reír cuando está triste,

Incluso cuando las calles son sombrías

Y las aceras están rotas, secas.

Incluso cuando no hay árboles.

 

Siempre anidaban en su pelo

Las ganas de que fuera otoño,

Incluso cuando no quería.

Siempre la buscaba el silencio.

 

No muchos saben ver en su mirada

La danza invisible del llanto.

 

Recuerdo cómo sacudía las últimas gotas de lluvia

De las hojas de los árboles,

Esa lluvia que sí sabía preguntarle

Por qué.

 

Ella callará mientras los demás olvidan,

Pero mañana sabré hacerle reír cuando esté triste.

Después de quemar las cenizas de septiembre

Y de que el sol abrazara el pálido horizonte,

Las calles quedaron impregnadas

Del olor que deja el verano al marcharse,

Parecido al azul de la nostalgia.

 

La luz entre los árboles cae dorada.

El suelo que pisamos, se deshace.

Aún queda azul en el cielo que nos cubra

Del invierno, queda luz,

Queda verano en esta brisa.

 

Os oigo reír en ella,

Y oigo el cálido silencio de los relojes.

No hemos perdido el brillo de los ojos,

Ni los besos del sol en nuestra piel,

Todavía huele a verano entre las hojas.

No me gusta esa forma que tienes

De pensar en mí despacio,

De recorrer mis palabras de puntillas

De sostenerlas en tus dedos temeroso de romperlas.

 

Me gusta, en cambio,

Cuando me preguntas desde lejos

Qué me pasa, y yo imagino que tus brazos

Me abrazan fuerte por la espalda.

 

Detesto que estés triste, y estés lejos,

Y suspires, y esos besos que aún no has dado

Y que no son, se diluyen en el aire,

Y cualquiera los respira, sin saberlo.

 

No me gusta tu sonrisa al anochecer,

Ya cansada, ni tus días agrietados,

Ni tu risa cuando duele y es amarga,

Ni tampoco esa tristeza de tus manos…

 

No, éstas son las manos que prefiero,

Las de “bésame y no digas nada”,

Las que desvisten silenciosas,

Las que duermen en mi almohada.

A base de noviembre y aspirina,

Escribo tu nombre en la piel de los días.

 

Sigo tumbada en esta luna a medias

Que no sé si es de recuerdos,

De septiembre o de abril,

Pero sobre la que también duermo.

 

Sabes que es tu nombre

Y serán también tus días, si los quieres.

 

Estoy en la autopista entre tus dedos.

Te imagino allá al final,

Donde me esperas, distraído,

Sin saberlo, desde hace tiempo.

 

Casi puedo verte

De perfil con las manos en los bolsillos.

 

Y la noche o el día que aterrice

Te cambiaré mis labios por los tuyos.

No tengo prisa. Si el día nos abate,

La noche es suave y paciente.

 

Pero tu nombre será beso, y los días…

Los días serán nuestros.

Ayer tus sábanas se despertaron

Frías de lágrimas y de insomnio,

Y memorizaste las constelaciones.

 

Te pesaban en los párpados

Las madrugadas. Escribiste,

Ahuyentando a los sueños.

 

Tal vez mañana amanezca de una vez.

Tal vez mañana aún sobreviva la luz

Y tus labios puedan escribir esa canción

 

Que no hable de despedidas,

Ni de lluvia ni de hoteles;

Que hable sólo de octubre.

 

En la playa aún fría

De noches colgará en tu piel,

Aun más fría, aun más salada,

Todos sus besos de noviembre.

 

¿Yacerás al alba un día tras otro

Junto a sus manos manchadas de arena

Hasta que abril naufrague en la orilla?

 

Dicen que el olvido emigra en otoño.

Sólo hasta que el corazón vuelve cansado,

Sólo hasta que la primavera despierta.

Todos los poetas tienen insomnio,

Porque de noche acude la tristeza

A morder el alma, a despertar el lápiz.

 

Todos los poetas tienen insomnio,

Porque en la silenciosa madrugada

Se puede oír la luz de las carreteras.

 

Basta con cerrar los ojos y escuchar tu voz

O tachar un nombre más

Para entenderlo.

 

Y al escucharte, qué duro es

Asumir que sobra el tiempo,

Pero igual qué dulce y necesario.

 

Quién sabe en qué fría tarde de noviembre

Te bastará rozar mi mano

Para entenderlo.

 

Hasta ese día, me queda el insomnio.

El vaho de mis anhelos. Mis poemas de suspiros.

Algunas gotas de tristeza.

 

La culpa es mía, por despertarme.

Aún está oscuro y salgo a la ventana,

Porque ya toca sentirse otra vez triste.

Septiembre

La lluvia tira piedras contra las ventanas

Del septiembre más gris y más bello que he visto.

 

Hace frío, pero algo me arde por dentro,

Y mis pulmones respiran agosto, y julio,

Y se acerca el otoño, pero tú también,

Y este parque de hielo es un bosque de estrellas,

Y nos saludan las parejas desde todos los aviones.

 

La lluvia suena a guitarra en tu boca,

Una guitarra muda y ágil

Que suena a hotel a oscuras,

Y a luz tirando granizo contra la ventana,

Y a tu voz susurrando a medias.

 

Es el septiembre más bello que he visto,

Gris y frío, mojando los tejados.

 

A nuestros pies vuelan aviones empapados.

Descalzos sobre el asfalto, es cierto,

Pero nuestros pies no están fríos.

Te sonrío a media voz y despierto

A los pájaros de hielo que dormían en tus labios.

 

Es el septiembre más bello.

Fuera queda el frío mientras mis dedos de lluvia

Se enredan en tu pelo mojado.

La tarde es oscura pero tú estás conmigo,

Y esta luz grisácea es todo lo que necesitamos.

Delirio

La noche es amarga como un vuelo

Y sus nubes son sólo sombras.

No puedo evitar la soledad

Y su delirio vacío me trastorna.

 

Es tarde y tu ausencia sigue despierta.

Mi tristeza se pasea por su jaula,

Y los peces aúllan ahí fuera.

 

En el fondo de mi vaso, la rabia,

La rabia y la ceguera y el alcohol.

La botella rota contra la pared.

Mi alegría en un frasco de formol.

 

Es inútil intentar culparte.

Ya no logro recordar los motivos

Por los que tu ausencia es tan decepcionante.

 

Qué absurdo es tirar de las sábanas

Encontrando miedos, recuerdos que arden;

O revolver los cajones y vaciarlos

Y desechar las ganas de llamarte.

 

Estarás pisando charcos con tu maleta de viaje,

Sintiendo el pulso suave del asfalto,

O mirando las estrellas en las pistas de aterrizaje.

Para Claudia, porque a veces merece la pena acostarse a las 2.30…

 

Cómo silenciar al subconsciente,

Cómo borrar besos con versos,

Cómo contarle a la lluvia que te quiero,

Cómo emborracharse de madrugada.

 

Cómo leer tu nombre en las estrellas,

Cómo colocar los libros en la estantería,

Cómo ordenar las veintiocho letras

En un último verso que sea imprescindible.

 

Cómo inventar los motivos para no resfriarse,

Cómo no llorar con la canción perfecta,

Cómo encontrar un álbum para nuestras imágenes,

Cómo negociar nuestro siguiente amanecer.

 

Cómo no sentirse imbécil,

Cómo irse a dormir si estás tú,

Cómo no claudicar jamás,

How to say “I do”.

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